Aún no llega su hora
Los Príncipes de los judíos y los pontífices se concertaron para aprender a Jesús y hacérselo llevar por varios de sus satélites (Jn. 7), a los cuales enviaron al templo donde estaba el Señor. Pero estos ministros, una vez que escucharon a Jesús, quedaron embelesados por su doctrina y elocuencia, y no le prendieron. En cuanto volvieron a los Príncipes de los Sacerdotes y a los Fariseos, éstos les preguntaron por qué no le habían traído, a lo cual respondieron que nunca habían oído hablar a otro hombre como a Él. Observa, alma mía, que Jesús sabía que en el Templo había quienes querían prenderle y encarcelarle; pero él no vaciló en ir allí, y también observa que nadie le tocó porque aún no llegaba el día en que él se entregaría, por propia voluntad, a sus enemigos para ser inmolado; de aquí puedes deducir que los malos nunca prevalecerán contra tí, sino sólo cuando y de la manera que Dios se lo permita; aún así Jesús da ejemplo de prudencia, pues va a Jerusalén el tercer día de la fiesta y va al templo, no se deja ver aún del público.
Señor mío, dame más confianza en tu Providencia que vela sobre mí, y que me conforme a ella en toda circunstancia. Dame valor y firmeza para serte fiel y para ser celoso discípulo tuyo; aún cuando no tenga seguridad de mi libertad o de conservar la vida, aún cuando quede expuesto a burlas o censuras. Propongo sobreponerme, con la ayuda de la gracia, a los vanos temores.
Lo escribí después de haber leído:
Vercruysse, Bruno. Nuevas meditaciones prácticas. Bouret, México, 1899.
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